11.27.2005

La caída del "Quijote" y de "Sancho"
Llegó de Santiago con la clara idea de acabar con el doblaje de la Concertación en la circunscripción 12. A su lado estaba un compañero sumado a última hora. No importaba, porque el objetivo era sacar al oficialismo del único reducto donde poseen dos senadores.
Eso hace dos meses. Hoy, Carlos Bombal (UDI) prácticamente debe batallar solo para ser reelecto senador, esta vez en la Octava Región Costa. Su compañero de lista, Alberto Gyhra (RN) decidió no hacer más campaña, cansado de la constante destrucción de propaganda por parte de sus "aliados", a quienes no dudo de calificar como delincuentes (y eso que Joaquín Lavín desea acabar con la lacra de la delincuencia. Magna ironía)
Bombal va de mal en peor. A los costantes ataques de sus adversarios en la campaña, Alejandro Navarro y Hosain Sabag, debe sumar la ley del hielo que le aplicó RN.
Ahora, el gremialismo tratará de ayudar a una de las cartas más mediáticas que posee en el Congreso. Incluso RN, prácticamente divorciada en la VIII región de la UDI, intentará reflotar la campaña de Gyhra para frenar el avance de la Concertación. Les dolería mucho perder frente a Navarro y cia.
A trece días de las elecciones, el porcentaje de adhesión en las parlamentarias puede ser el elemento clave para decidir y negociar los apoyos en una eventual segunda vuelta. Si la Alianza no puede solucionar este entuerto (lo que se ve difícil), el resultado va a ser una espina muy difícil de extraer de la sociedad RN-UDI. Y muy dolorosa.
Lo que él tiene, tú no tienes y ellos quisieran tener

En estos últimos días de campaña, la orientación de los pelambres...perdón, campañas políticas, ha sido la diferencia de intereses entre la condición de empresario y Presidente de la República. Numerosos y variados actores de la fauna política han criticado que el candidato de Renovación Nacional, Sebastián Piñera, no venda su participación (en algunos casos mayoritaria) de conocidas empresas de la plaza.
Esto saca a la luz un viejo problema que arrastra la clase política: el no poder separar los negocios con el poder. Y es un problema que no sólo abarca a un sector político, como algunos pretenden hacer creer, sino que la realidad muestra varios casos en los cuales se ha evidenciado este dilema.
Basta con recordar el mentado episodio de la Ley de Pesca y el manejo que los hermanos Zaldívar hicieron de su discusión en el Congreso. ¿Por qué lo hicieron? Simplemente porque ellos tienen una activa e importante participación en empresas pesqueras del país.
El ministro de educación, Sergio Bitar, suma su presencia en empresas constructoras y asesorías de esa área, la que en un principio tuvo relación con la construcción del fenecido puente Loncomilla.
No olvidar los intereses del ministro de minería, Alfonso Dulanto.
Entonces, ¿Cúal debe ser la normativa que regule este juego de poder?, ¿La clase o la familia política desea legislar en serio o sólo cuando desea atacar a un adversario?.
Simplemente esta polémica, sumada a algunas acusaciones añejas de participación en ciertos grupos o tomando acción en determinados conflictos (como el caso del jefe de campaña de Piñera, que acusó a Bachalet de llamar a no inscribirse y/o votar No en el plebiscito) relflejan lo bajo que ha caído la campaña, aunque todavía no toca fondo.
La falta de ideas es reemplazada por la crítica sin fundamentos y sin razonamientos. Mala señal para un país que desea cautivar a un cada día más complicado electorado juvenil. Mal para un país con 16 años de democracia, en donde la tan anhelada participación ciudadana ha quedado reducida a su conquista en periodo electoral.
No se puede negar que en el mundo de la búsqueda del poder, lo importante es seguir con los planteaminetos maquiavélicos y no mirar más allá del poder inmediato, pero debería existir un anhelo patrio básico que enorgullezca la actuación política.
Los temas como el conflicto de interés de Piñera, la participación borrosa del pasado de Bachelet y los favores ocultos que debe pagar Lavín, debieron ser aclarados hace mucho tiempo atrás.
Aunque cueste, la honradez y la política ya no deberían seguir siendo dos conceptos antagónicos.